La handira Beni Ouarain
Capas o handiras en el Atlas Medio
En el Atlas Medio las mujeres Beni Ouarain heredan una hermética tradición textil cuyo dominio les posibilita la toma de decisiones que hace único cada uno de sus tejidos.
Las handiras son tejidos de lana con los que las mujeres se envuelven a modo de capa para protegerse de los rigores del invierno y para mostrar, a través del dibujo, la composición y el color, la pertenencia a un grupo específico y a una confederación étnica.
Las handiras tienen un lenguaje visual asombroso: lo que a lo lejos parece una monótona sucesión de franjas, ante una mirada atenta y cercana se percibe como una geometría vibrante y en continuo movimiento, ya que los finos y complejos dibujos presentan numerosas variaciones apenas perceptibles, creando inestables puntos de interés e incesantes relaciones.
Tengo tres handiras. No son piezas de anticuario ni de colección; aún así las tengo en mucha estima. Como mercancía, estas handiras estuvieron sujetas a un intercambio económico poco igualitario, difícil de contradecir, así que pagué lo que el mercado marcaba, sabiendo que el mercado es una convención que no equilibra el valor del trabajo y que las transacciones comerciales no suelen hacerse en justa balanza: lo que para unos supone una ventaja a la que no se quiere (o no se puede) renunciar, para otros es una imposición que no se puede eludir.
Por muy poco dinero, tejidos y todo tipo de enseres valiosos se van lejos de donde fueron concebidos y, al tiempo que cambian de manos, lo hacen de uso y de sentido. Patrimonio y… jóvenes; los bienes más preciados son continuamente absorbidos por el mundo dominante.
La capa de armiño, una imagen de la realeza. El cuerpo como espacio público usurpado y vacío
En un cuadro de Leonardo da Vinci, una joven sostiene un armiño. Es el último armiño vivo, al menos en la historia del arte. Después sencillamente aparece adornando el rostro de alguna dama, como bajo los pinceles de El Greco, retrato que da lugar a una película española: La dama del armiño. Es el mismo título y sentido que Lubitsch utilizará más tarde en una de sus obras, por lo que, desde Leonardo, todos los armiños han sido despellejados para la ostentación del poderío del que o la que lo luce. Como en los cuentos: malvadas madrastras y gordinflones y desaprensivos reyes Midas.
Las pieles siguen usándose incluso en climas de inviernos cálidos, aunque los armiños se han sustituido por visones de granja. Pero hete aquí que el día 30 de abril de 2013 nos encontramos con la noticia de la coronación de los reyes de Holanda y el armiño surge de nuevo; esta vez como capa. Lo dicho, un cuento.
¡Oh Holanda, el país admirado por sus logros sociales, por su defensa de los derechos humanos, su respeto al medio ambiente, sus bicicletas y sus canales! ¡He aquí que nos ofrece un monarca con capa de armiño! ¡Holanda, tú que albergas el Tribunal Internacional de Justicia de las Naciones Unidas y que has separado eficazmente el mercado de la marihuana del de las drogas duras! ¡Ay, Holanda, tú que hiciste de las flores moneda y de Ámsterdam la ciudad deseada por todos, tú coronas con capa de armiño!
En la red vemos una imagen momificada de ese suceso. En ella, los nuevos reyes, acompañados por los invitados de la realeza internacional, posan suspendidos en un tiempo ficticio, de tan largo, inexistente, congelando el momento como sólo lo saben hacer la fotografía y los herederos de gran abolengo que convierten el tiempo de heredar en eterno. En la imagen, la realeza, imitando un retablo de cera, luce una activa inmovilidad, garante de su actual estado; uno a uno, los personajes retratados dicen claramente: somos los que rehúyen lo que en tiempos pasados fue campo de batalla. Poder y poderío en los símbolos, en las posturas, en los trajes, en las valiosas joyas, en la tiara de zafiros de Cachemira y diamantes sudafricanos de la recién coronada reina. Pero nada, nada como la capa de armiño con la que el rey se ve a sí mismo doblemente investido.
La red, que a veces levanta la cortina, dice que la capa de armiño es una simulada reconstrucción de la auténtica, la que utilizó una antepasada en su coronación, pero esto al rey no parece importarle mucho. Tampoco la realeza es real; es un cuerpo inerte. Por ello, en las fotografías se echa en falta la contención hierática a través de la que manifestaban el poder los zares, los emperadores y los reyes. La alegría indisimulada que éstos lucen en Holanda lo que más bien transmite es que les ha tocado el gordo. Somos y no somos si no tenemos dominio. Cate Blanchett sí lo tenía en Elizabeth, aquél que le concedía la potestad de su arte. Acompañando a la capa de armiño, hay espada, galones, banda y una mujer, con tiara, de una belleza de innegable superdesarrollo, conseguida de una manera que fue contestada en su país de origen.
La dama del retrato de Leonardo sostiene un animal doméstico utilizado entonces para el exterminio de ratones y ratas.
En Internet: “Las princesitas están muy bien educadas, la más pequeña es adorable, hay que pensar que solamente tiene seis años”.
Transitar la ciudad, sentir los olores, el color, vivir la atmósfera y la cercanía de la gente era maravilloso. Vecinos, camareros, comerciantes o músicos fueron reconociéndonos, como nosotros a ellos. Siempre me sorprendió, cuando estábamos allí sentados en la terraza de un bar, que no se nos partiera el alma viendo tantos inválidos, muchos de ellos operables; pero no, Jamaa el-Fna, la plaza por excelencia, te absorbe en su rueda y acabas viendo solamente una palestra de luchadores que magnifican la vida. Y aunque el dolor nunca desaparece, se anestesia [Teresa Lanceta, “Ciudades vividas”, en Luis Claramunt, cat. exp., Barcelona, MACBA y MNAC, 2012].
La mujer tejedora, la tejedora mujer.
En las altas montañas
La vida transcurre en un intervalo profundamente olvidadizo.
La handira
Siento que es una persona. Una mujer que vive, comparte un cielo conmigo y que está allí como yo estoy aquí.
Esa persona se ha desvelado como una persona concreta, como una mujer concreta con una vida concreta. Se ha desvelado como una persona…
Y ella es como yo; ha nacido como yo y tenemos los mismos derechos profundos. En el fondo somos bastante iguales. Todos somos iguales, aunque seamos únicos, aunque seamos diferentes, y esto lo vivo profundamente con las handiras.
Especialmente me siento unida a una de ellas. En su modestia, esta capa alerta de la sabiduría contenida en la abstracción textil y en la cultura que encarna. No ofrece la sutileza de las piezas de gran valor; su abstracción no es tan rica y su técnica es menos depurada, pero desprende frescura y alegría. Quizá su fin fuera la venta inmediata o hubo otras necesidades en las que ocupar el tiempo o simplemente es obra de una chica muy joven, pero tengo esta handira hace más de veinte años y aún sigue emocionándome, pues me hace sentir no el estilo ni la época sino a la persona, a la mujer que la ha tejido y con la que, aunque no coincida ni en el lugar ni en el tiempo ni en las creencias, tengo mucho en común. Pienso en esta joven tejiendo mientras cuida de su familia, habla con sus amigas y vigila el rebaño bajo el cielo, entre pastos y flores, en su búsqueda de la alegría.
A través de la handira recibí un regalo inesperado, una aseveración concisa: me desveló la presencia de alguien. Me advirtió de la existencia de una persona real y concreta, no de un ser anónimo, anodino e intercambiable. La handira no revela un nombre ni precisa un lugar, pero señala a un ser real vivo y pone al descubierto que el arte colectivo no es un magma uniforme ni una enorme mano que lo hace todo; son personas concretas, una a una, únicas y singulares. Supe que el objeto artístico no es indiferente; pone en relación a las personas por encima de cualquier otra consideración. ¡Cuántos vaivenes culturales, cognitivos o emocionales ejercen anónimamente los seres humanos unos sobre otros a través de los objetos artísticos!
La piel
El viento es continuo y muy fuerte, lo que les hace una piel dura. Cuando tocan la mía creo que la encuentran cruda, blanda… Y pienso que no tiene por qué gustarles eso.
Ayer tuve un sueño. Bob Marley recorría el pasillo del Teatro Campoamor de Oviedo: le habían concedido el Príncipe de Asturias de las Artes. No iba solo. Le acompañaban sus músicos y unos niños jamaicanos. Por el volumen de sus gorros y por la musicalidad de sus andares frágiles y acompasados, los rastas recordaban a los marcianos de ¡Mars Attacks!, sólo que la música no despachurraba ningún cerebro sino, al contrario, invadía de alegría a los presentes, que quedaban extasiados de felicidad. A medida que los rastas avanzaban por la sala, la gente se movía rítmicamente y los colores subían de tono. Las puertas se abrieron a los curiosos apostados en la calle, que entraron sin impedimentos. La reina Sofía, a la que el rosa pálido del vestido se le había transformado en un fluorescente e intenso rojo, bailaba dulce y despreocupadamente y, a través de la televisión, las vibraciones llegaban hasta el último rincón del mundo, por lo que se pudo ver con claridad que Bob Marley en realidad es un ángel venido al mundo a decirnos que el amor es lo único.
Sea la primera o la infinitésima vez que se escuche “One Love”, intencionadamente o no, la sensación es gozosa. Bob Marley y sus canciones son una especie de globalización del bien. Hablan de la plenitud de la humildad y del amor. Oyéndole, la gente sabe que ese modesto cuartito que ofrece a la amada en sus canciones es el lugar donde habita la felicidad.
Son baladas escuchadas e imitadas en todos los continentes… pero no todas las manifestaciones artísticas consiguen esa universalidad. Algunas remiten a un entorno concreto, a una cultura, a una historia y a unas necesidades específicas, están apegadas a un lugar o a un tiempo, como las handiras o los ahidous, cantos y danzas bereberes. Y no deben ser avasalladas por ello.
Aunque la industria cosmética experimente incluso con animales para conseguir una piel suave, cruda y blanda, es posible que algunos amen más las pieles ásperas y duras con las que cohabitan bajo un sol ardiente y un viento continuo.
Curiosidad
Había dos preguntas divertidas, jocosas. Una, que los hombres no circuncidados cómo eran, y la otra, qué es una discoteca, cómo es una discoteca. Estas preguntas han perdido totalmente su interés.
No, no puedo olvidar que han pasado muchas cosas graves y que las situaciones se hacen cada vez más radicalmente insoportables. La curiosidad que había por el mundo del otro se ha cambiado en interés por la supervivencia en el mundo del otro y… siempre resulta doloroso. La inocencia tiene dos acepciones: carencia de malicia en las intenciones y ausencia de culpa ante hechos dolosos.
La inocencia en el sentido de candor, ingenuidad y falta de experiencia forma parte del proceso de crecimiento y aprendizaje, por lo que durante la niñez la inocencia es protegida y valorada extremadamente. Bajo este significado, es luminosa y abre el conocimiento y las emociones, mientras que en los adultos, cuando supone ausencia de responsabilidad y menosprecio de las consecuencias, la inocencia es una forma de violencia no justificable, porque saber es un compromiso inherente al ser humano.
En los ochenta, el turismo no gozaba del low cost; lugares como las Ramblas de Barcelona o el barrio de Santa Cruz de Sevilla todavía no se habían convertido en parques temáticos, en remakes de sí mismos. Marrakech tenía un elevado turismo, pero esa perversa norma de hacer más real la realidad no estaba extendida más allá de unos cuantos bazares y restaurantes, y no alcanzaba en absoluto a las zonas rurales.
Entonces yo viajaba por lugares donde el telar presidía el hogar. Teníamos curiosidad e interés las unas por las otras mientras cada una bajo ese orden ocupaba el lugar que le correspondía. Era el tiempo de la inocencia, una inocencia culpable para la cual todo está bien.
Nosotros, extranjeros, sólo vivimos situaciones provechosas y no sufrimos nada más allá de algunos percances anecdóticos que a la postre nos divierten [Teresa Lanceta, “Ciudades vividas”, op. cit.].
De tú a tú
No, sería la respuesta a la primera pregunta.
No, sería la respuesta a la segunda pregunta.
No, a la tercera y a la cuarta y así sucesivamente hasta llegar a un sí más demoledor y desesperanzado de lo que lo habían sido las anteriores negaciones.
El color negro
Recuerdo especialmente una noche: la oscuridad era tan intensa… que puedo decir que vi el color negro, no el oscuro sino el negro. De lejos todo tendía al negro y era imposible ver nada, nada. Nunca he visto nada igual; de cerca había algo de plata pero de lejos no había nada.
En el sur el claroscuro marca el día. El sol quema y deslumbra empujándonos hacia la sombra, la que nos permite ver.
Después de rodar durante varios días por pedregales de caminos inexistentes, el coche se estropeó. Era muy tarde cuando una familia de pastores, cuya casa estaba en lo alto de la montaña, nos dio cobijo.
Cenamos y nos echamos a dormir en una tradicional sala alargada. A medianoche me desperté y quise salir al exterior. La oscuridad era tan profunda que no me atrevía a moverme. Permanecí de pie. Unos segundos más tarde, noté un ligero tanteo. Una mano me cogió del brazo y me guió en silencio frente a la casa, hasta una pequeña explanada donde estaba el corral. Entre las densas nubes que cubrían el cielo, asomaba alguna estrella cuyo destello plateaba los objetos de mi entorno.
Estaba conmovida. Había visto el color negro. No la penumbra ni las tinieblas…, el color negro.
No la oscuridad tenebrosa ni la ausencia de luz. El color negro: estuve en él.
Tradiciones textiles
Te llamarás Fountain y serás arte, dijo.
Tradiciones textiles
Hablar de tradiciones textiles es hablar de tradiciones amenazadas y de pueblos con serias dificultades. Es cierto que el trabajo textil es una ayuda importante a la economía del hogar y un soporte económico, cultural y vital, pero no deja de ser un punto de apoyo de un mundo que se tambalea.
El canon o la belleza de la diferencia
No es necesario ser explícito cuando se conoce. Quien lo asume puede omitirlo porque sabe cuándo pueden ser transgredidos el orden y la simetría sin ser destruidos.
La tradición les lega la posibilidad de modificar, la posibilidad de la creación única y de la transformación de lo heredado.
La excepcionalidad que forma parte de nuestras vidas es lo que enriquece esas redes geométricas. La belleza de la diferencia.
El Tribunal de la Inquisición fue creado como instrumento de represión y persecución. Durante el reinado de los Reyes Católicos, el poder político se sumó al eclesiástico y las causas nacionales a la defensa de la pureza espiritual. Aumentaron considerablemente los acosos y las condenas fueron amplias y afiladas.
El poder absolutista fue la opción tanto de la Iglesia como de los Reyes Católicos; ambos temían que la larga coexistencia con judíos y musulmanes y la dispersa territorialidad existente pusieran en peligro la construcción de un estado moderno, unificado y homogeneizado.
Auto de fe (Pedro Berruguete, Museo del Prado, 1493–1499) es una tabla pintada al óleo, encargo del Gran Inquisidor Tomás de Torquemada para la sede del Tribunal de la Santa Inquisición. La tabla logra la fuerte carga “propagandística” que había demandado Torquemada al mostrar claramente con cuánta determinación se iba a perseguir cualquier heterodoxia. El mensaje era evidente y directo: la causa justa y el castigo merecido. Los personajes están pintados con minuciosidad, por lo que podemos apreciar que el condenado que va a subir a la hoguera, cuerda al cuello, tiene pelo crespo y nariz aguileña, rasgos que, sin lugar a dudas, señalaban a judíos y a conversos.
Actualmente Auto de fe trasciende la ideología interesada del comitente y se convierte, por el contrario, en testigo de crueles sucesos. Por eso es arte. La tabla ha perdido su primitiva función ejemplarizante, testimoniando inequívoca e irrebatiblemente la cruel actuación de la Inquisición española y su violenta justicia. Por eso es arte.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos lanzó el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa. El Plan Marshall ayudaba, pero exigía una serie de contrapartidas; entre ellas, restricciones al cine europeo a favor del suyo propio y la ocupación de las mejores salas de exposición europeas por el arte americano. El expresionismo abstracto, especialmente Pollock, tuvo grandes exposiciones itinerantes donde el público europeo pudo comprender, además de la calidad de su pintura, que en Estados Unidos comenzaba un tiempo en el que el espacio se extendía y la acción construía el cuadro desbordando sus límites. Las propuestas del mejor arte americano coincidían con las que proyectaba su gobierno, que imponía más allá de sus fronteras su influencia y dominio económico, político y cultural.
Los tejidos nómadas transmiten cultura y arte al tiempo que cubren necesidades de primer orden. Las jaimas (tiendas nómadas) cobijan a los pastores y a sus familias. Las alfombras les sirven de cama y suelo y les protegen de los fríos inviernos y las handiras y los haiks son capa y emblema tribal y social. En Occidente, la utilidad y el arte están en contradicción pero… poner límites, como el de la incompatibilidad con el uso práctico, es contradecir la universalidad del arte y su historia, que nos muestra cómo los medios y la función han cambiado a lo largo de los siglos.
¿No es una arbitrariedad negar la creatividad a personas con un entorno de escasos excedentes cuyo arte favorece la subsistencia?
El tiempo y las horas
¿Cuántas horas tiene una alfombra? ¿Cuántas horas le han dedicado? ¿Cuántas les han pagado? ¿Qué necesidades pueden cubrir con la venta de sus alfombras? Las tejedoras son machacadas por una cómoda demanda que les rompe el tiempo unitario en el que viven, convirtiéndolo en horas de trabajo desgajadas de la propia vida.
Las horas enajenadas arañan el tiempo hasta dejarlo inservible. Son horas de desapego que roen: las de la explotación, las de la injusticia. Alfombras, capas y cojines, algunos muy sencillos y humildes, son creados en zonas áridas de extremado calor o en altas montañas de rigurosísimos inviernos, mostrando que allí, en medio del imponente y duro paisaje, viven unas mujeres portadoras de un lenguaje autónomo, propio, peculiar y hermético, textil, que habla de una comunidad, una cultura y un arte. Hoy, estas tejedoras esperan la vuelta de los hijos y nietos de los que se han aprovisionado grandes ciudades y tierras extranjeras.
Pienso en ellas sorteando las dificultades; aquéllas que unas veces se vencen y otras humillan.
Gracias
La belleza de estos tejidos me dice continuamente que hay un equilibrio roto. Estas mujeres con una subsistencia condicionada por la naturaleza, con toda la grandeza y las tremendas dificultades que ésta encierra, con un entorno que marca todos sus actos… Ellas han hecho arte. En la periferia de las periferias han hecho arte, un arte útil, un arte para la vida, y lo único que puedo decirles es: gracias.
Las primeras palabras de Bob Marley en los Premios Príncipe de Asturias estaban dedicadas a los gitanos ganadores del certamen anterior, lo que entusiasmó a los asistentes, que aún recordaban aquel tropel de hombres y mujeres, algunos bajados del cielo, que cantaban y bailaban arrebatando el alma a los allí presentes. Momentos antes de la entrega de los premios, los organizadores estaban un poco asustados y un tanto arrepentidos por el guirigay desacompasado, sin orden ni concierto, que los gitanos formaron antes de entrar en la sala: ellas, hablando alto, colocándose bien los sujetadores y las tiritas de las sandalias; ellos, mirando que no hubiera ni una pequeña arruga en su traje, entonando, taconeando y dando palmas. Una vez dentro del teatro, el enjambre se apaciguó y recorrieron el pasillo ceremoniosamente pero, a medida que avanzaban hacia el escenario, de nuevo volvieron las charlas, los nervios y las gracias para atraerse las miradas del público, porque, a pesar de ser una raza en la que prevalece la familia y lo colectivo, los individuos pugnan con todas sus fuerzas por destacar. Así, cuando llegaron al escenario, los nervios habían disgregado a los más jóvenes, que reían entre ellos, y alguno rasgaba la guitarra. Por televisión fue un espectáculo maravilloso.
En justicia, el flamenco es patrimonio de la humanidad y, aunque no es tan conocido como el reggae, tanto uno como otro rompen corazones más allá de su mundo. El flamenco es un desgarro interior de una magnitud extraordinaria. Una añoranza infinita. Cuando el arte colectivo hace posible que sus individuos se manifiesten, se hace grande.
Cuando les tocó el turno de palabra, después de ser presentados por el príncipe de Asturias, los gitanos, La Niña de los Peines, su hermano Tomás, la Fernanda, Melchor de Marchena, el Terremoto, el Borrico, se expresaron como mejor sabían, cantando y bailando. Entonces los presentes y los que estaban delante de la televisión comprendieron que era uno de los premios más justos y acertados y que, aunque habían llenado el escenario por completo, no sobraba ninguno de los que allí estaban; al contrario, se echaba en falta el barrio de Santiago, Triana o Utrera.
Entre alfombras y tejidos
El padre
Sabía que había algo grave, un gran pesar. Su padre estaba profundamente serio. No salió a hablar. Se hizo el silencio…
La madre
Su madre y ella y una de sus hermanas fueron andando muy rápidamente. La actitud de la madre no las invitaba a hablar y estuvieron andando mucho tiempo hasta llegar a donde vivían algunos parientes suyos. Tampoco supo qué habían hablado, pero el camino de vuelta fue mucho más distendido y su madre estaba más tranquila.
El hermano del padre
Recuerda que una noche llegó un hermano de su padre. Ni siquiera entró y nunca supo si había venido a despedirse definitivamente o a pedirles poderse quedar con ellos y no lo permitieron. Nunca supo cuál había sido su falta, cuál había sido la causa de este silencio.
Las cerezas
Puso las cerezas en el regazo de la hermana y fueron comiéndoselas; aunque nos invitó, ninguno de nosotros quiso interrumpir el baile de sus manos comiéndoselas poco a poco, una a una. Después se levantó y repartió unas cuantas entre nosotros. Ninguna cereza ha sido tan roja ni tan dulce como las que nos dio en su despedida.
Ladera abajo
Sus pies no eran pezuñas que se agarraban a la roca ni ventosas que se sujetaban a la arena, como le decían los niños en sus juegos. Cuando murió su marido, le entraron deseos de correr ladera abajo por las pendientes más escarpadas y sentir, como antaño, que el aire la mantenía en pie.
El viento helado, la hija
Otra vez el viento helado y la vuelta a la casa. Cuando marchaste, abrazaba los árboles y pegaba la cara contra el tronco hasta oír tu voz y sentir tu aliento.
El cedro viejo
Azrou, el más bello bosque de cedros, a mi hermano. Los cedros pueden vivir dos mil años. Él solo vivió cincuenta.
El hermano vigilaba el rebaño desde el cedro viejo; le atraía profundamente el dibujo irregular de sus ramas. Esa mañana se fijó en el apiñamiento de las hojas, persistentes y punzantes, como sus sentimientos desde que supo que los animales estaban enfermando.
La alfombra
Era impresionante y espectacular, muy bella. Había voluntad y necesidad de que así fuese. La madre y, ahora, las hijas no sólo querían mostrar lo trabajadoras que eran, lo eficaces que eran con el ganado, en el campo y en sus tareas cotidianas, sino también querían mostrar la inteligencia, la gracia y ese genio que acompaña a las obras extraordinarias y renombradas.
Su sobrina y nuera
Su sobrina, que ahora era su nuera, la sorprendió. Había transformado completamente la alfombra que la suegra y tía estaba haciendo y que le había cedido cuando se casó con su hijo. Entonces las alfombras tardaban en hacerse muchos años y cada generación imprimía nuevos conocimientos y variaciones, pero tendían más a la unidad. Esta vez ella cambió radicalmente la parte que le correspondía: le quitó totalmente la complejidad y le dio al dibujo una ligereza extraordinaria. Era un contraste bastante fuerte que le daba gracia al conjunto, que resultaba sorprendente y mostraba muy bien cómo esta chica iba a defender su vida de una manera inteligente. Le pareció muy inteligente porque asumía la alfombra pero le daba un respiro que se imponía incluso a ella. Eso era lo que transmitía la parte de la alfombra que su sobrina había hecho.
Oro
Era igual que un colgante de su madre que había pertenecido a su abuela, pero era de otro color y la sensación era completamente distinta. Supo que era de oro porque lo escondió inmediatamente. Su reacción la colocó donde nunca había estado, en el lugar de la no-inocencia. Fue un peso todo el tiempo que tuvo que ir escondiendo el colgante para que no lo vieran su madre ni sus hermanos. Lo tenía que cambiar continuamente de lugar, hasta que un día desapareció de donde lo había escondido y ya nunca supo más de él. Quizás esa carga había ido hacia alguno de sus hermanos o hacia alguno de sus vecinos. Nunca podrá saberlo porque seguramente quien lo encontró también lo escondió inmediatamente y, así, supo que era de oro.
Los nietos de Salt
Los dos hermanos eran muy alegres, muy alegres. Invadieron con su alegría y sus novedades la mente de todos ellos y abrieron los corazones a unos deseos que nunca habían sospechado tan ardientes, tanto que laceraban sus entrañas.
Estos adolescentes no añoraban, sino que deseaban. La añoranza quedaba para los padres, que habían conocido las montañas, los árboles. Para los que su cielo era una pantalla, la nostalgia no existía. Su mundo era un presente que retomaba el misterio lleno de esperanza.
Los nietos de Quebec
Taninya había mirado a uno de sus primos y ese primo la había mirado, pero sabían que nada los iba a unir porque todo los separaba. Quebec era el jersey rojo de la prima con el que estaba tan hermosa.
Quebec era un lago, Quebec era algo muy lejano. Quebec era la escuela donde aprendían informática, que había sustituido de manera fulminante las montañas.
Urdimbres, nudos y tramas
Cada nudo es un pensamiento. Desde aquel día siempre fue el mismo.
—————————
Si, en el instante en el que un garbanzo al hincharse rebotaba contra la olla, ella expresaba un deseo, éste se cumpliría, pero nunca pudo ser tan rápida por más que lo intentó.
—————————
Enviaron a unos chicos, dos hermanos y un primo, a un pueblo cercano a recoger unos enseres. “Id rápido, sin entreteneros”, dijo la madre…, pero no llegaron. En un recodo del camino los esperaban el padre y el tío. No bien los vieron, los muchachos comprendieron de qué se trataba. Con las varas que utilizaban para castigar al ganado, los molieron. No era la matanza y venta de un jabalí a unos extranjeros lo que les valió tantos palos, sino que esa venta hubiera trascendido en el pueblo. ¿Y dónde estaba el dinero?
—————————
Trabaja en el campo, cuida del ganado y de las abejas, muele el trigo, prepara el pan, la comida, va a buscar el agua, hila, teje y también atiende a los niños y asiste a los mayores. Esta mujer, “toujours malade”, es una hija amada, aunque sus ojos achinados, su torpe hablar y andares desmañados la diferencien de las hermanas y de la belleza, aún recordada, de la madre.
—————————
Se le cayó una y otra vez, tantas veces que, cuando la tiró con rabia al barranco, ya no servía para nada. Con su acción quiso mostrar que era un bulo que la vasija se le rebelara.
—————————
El burro iba alborozado a la fuente. Al regresar, con los bidones llenos de agua y desandando un camino pedregoso y empinado, el animal resbalaba y se torcía las patas, pero no le importaba, o no lo guardaba en su memoria, porque siempre se apresuraba vivaracho por llegar al agua, como si la vuelta no existiera.
Las chicas iban también de buen grado, alegres y cubiertas de cielo, esperando encontrar a alguien en esa vereda. Después, ya crecidas, no tanto. Más tarde se iban.
—————————
Oía historias de leones que habían atacado a unos niños.
—————————
Los pensamientos consuelan la soledad del maestro.
—————————
Cuando el viento soplaba fuerte en invierno, la cicatriz chillaba más de lo que ella misma chilló el día que ocurrió el accidente.
—————————
Al final de la tarde un vecino, recluido en la casa, lanzaba un grito, uno solo, largo y entrecortado. Que fuera más agudo durante la luna llena, no lo creía; tenía siempre el mismo tono y exclamaba el mismo augurio: que la noche llegaba.
—————————
Nadie lo decía en voz alta ni a la luz del día pero de noche, en la intimidad del fuego, unos a otros se avisaban de que, en los alrededores del gran zoco, habían desaparecido unos niños. Esta vez no hablaban de brujería ni de conjuros de mujeres. Algunos susurraban: la corrupción mata.
—————————
Cuatro hijas no son cuatro esposas, le decía.
—————————
La diferenciaba la falta de timidez. Aunque la fingía.
—————————
Y la sangre salía a borbotones…
—————————
La torpeza, la soberbia y el abuso de los hermanos arruinaron a la familia. La madre fue sacrificada.
—————————
No deja de pensar por qué fue tan inflexible con su padre, cómo le reprochaba sus ahogos, en un momento en el que el miedo le señalaba el futuro y le impedía defenderse.
—————————
Era la reina de la calle. Rechazada por familiares y vecinos, era muy amada furtivamente; también por su marido, que vivía holgadamente del deseo de los hombres, oculto.
—————————
Circulaba una confidencia inquietante y abrumadora: una extraña enfermedad había atrapado a jóvenes en contacto con ciertos extranjeros. No había remisión para el que la contraía. Los médicos evitaban atenderlos y algunos hospitales los rechazaban. Dolor y muerte. Una enfermedad maldita que había dado voz a muchas madres reclamando justicia.
—————————
Marcharon dos hermanos a Rabat, uno de ellos volvió para casarse.
—————————
Le dijo su esposa: “Es tan grande el desamparo en el que me quedo y el que tú tendrás cuando te vayas que no puedo menos que asustarme”.
—————————
¡Que nos veríamos cada año! pasó a ser cada dos. Un año es muy largo pero era el plazo. Después… “cuando pudiera”.
—————————
De los dos niños venidos de Madrid, la mujer sólo bañaba a uno. En la desnudez del otro se leía la razón: no era su nieto.
—————————
Adiós al mimbre y a la lana. Adiós a tejer, a combinar colores y hacer nudos rápidos, adiós a ornamentar una pared o a componer un artesonado. Adiós tiempo de siembra y de recogida, adiós a cincelar el hierro o hacer el pan. Ahora se aprende rápido mientras se descubren las costumbres, manías y maneras de los nuevos jefes, que las manifiestan con claridad y premura. No son muy complicadas y apenas necesitan órdenes; no más allá de “No mezcles los detergentes y limpia detrás de los aparatos”, “Es obligatorio ponerse el casco durante las descargas de material” o “Cuanto más rápido lo hagáis, antes dejaréis de respirar los insecticidas”. Así son.
Adiós al rombo, adiós a la inocencia.
—————————
Atravesaba la oscuridad buscando colores estridentes y olores agrios. Había alegría y fiesta, también desesperación, injusticia y abandono.
Rosas blancas
Las rosas blancas son las que con mayor esplendor lucen el rojo de la sangre.
La madre del hijo
La madre del hijo no es la misma madre que la de la hija.
¿Macaco o hiena?
Que su hermano fuera quien iba a determinar su vida llenaba de zozobra a la muchacha.
Este continuo y soterrado temor se atenuaba cuando iba con las amigas a buscar leña o a coger hierba para el ganado. En el camino, hablaban y jugaban a encontrar similitudes entre animales y vecinos. Uno era una cabra: ¿no le veis el mentón? Otro, un cordero por su mirada. Su hermano un macaco, sugerían las amigas refiriéndose a sus ágiles movimientos, su continua inquietud y su gracia. Ella nunca lo discutía pero, cuando las otras decían macaco, ella oía hiena que ríe.
O…
“O haces lo que dice o…”. Si era una opción o una amenaza no lo pudo discernir porque la segunda disyuntiva se diluyó en la propia conjunción que la precedía y le sonó como a los corderos el camino de la navaja en su degüello.
Tazzayt-Tazzayt
Ponemos atención en los procesos y a ellos confiamos los cambios y el destino, pero, de pronto, aparece ese segundo en el que todo queda definitivamente definido.
Había que repetir su nombre dos veces para que atendiera cuando la llamaban. La obstinación de la niña en multiplicar su nombre resultaba divertida a todos, por lo que, en poco tiempo, se habían acostumbrado a nombrarla Tazzayt-Tazzayt y así fue por muchos años.
La fracción de segundo que media entre decir un nombre y la repetición de éste es el tiempo que el marido utilizó para darle a la desprevenida muchacha un brasero cuyas ascuas cayeron encima de sus manos y vestido.
De esa manera impuso su arbitrario poder sobre la chica. Y su nombre quedó para siempre dividido en dos.
Siete años esperando
Siete años esperando. Así es la emigración, se decía. Siete años bajo la mirada de la suegra y su limosna, porque era ella, la madre de su marido, quien recibía el dinero que después les llegaba mermado a la mujer y a la hija. Siete años a la espera de reunirse con él. Siete años tardó en recorrer el camino que la llevó junto a su marido. Siete años no es tanto cuando se llega a un destino prometido (deseado); pero cuando se llega a una casa donde hay otra mujer y otra hija…
El carnicero
Con el cuchillo con el que, siguiendo el rito, descuartizaba a los corderos, rajó el tórax, el vientre y la espalda de la mujer. Cuando los gritos se hicieron estertores, él se marchó. Las tres niñas, de seis y cinco años, y una de apenas unos días, acompañaron el silencio y la quietud de la madre a lo largo de la noche. Al día siguiente, por la mañana, el teléfono sonó insistentemente sin respuesta. Después, la tía, alertada, rescató a las niñas.
En Taza nadie los recordaba pero la noticia, llegada a un cibercafé, corrió durante días de boca en boca. Se decía que eran de la región de las montañas, al sur de la ciudad, por lo que habría sido allí donde se habían hecho, primero la mujer y, años más tarde, el hombre, los papeles necesarios para su marcha al extranjero.
Un hecho trágico en un lugar lejano que hizo aflorar temores ocultos. De noche, más de una mujer creía ver en los destellos de la luz el filo del cuchillo blandido en Madrid y lo que nunca había existido escondido en las palabras tomó nombre: asesinato.
Caminos y carreteras
Guerra de Margallo (1893–1894) / Guerra de Melilla (1909) / Guerra del Rif (1911–1927) / Semana Trágica de Barcelona (1909) / Desastre de Annual (1921) / Guerra Civil Española (1936–1939).
Le faltaba una pierna. Una enorme roca le había caído sobre la pierna mientras construía un pozo. Esperaron al médico pero, cuando cayó inconsciente y la pierna empezó a gangrenarse, el hermano decidió amputarla. Más tarde se acostumbró a las muletas y siguió cuidando el ganado. El accidente les trajo la memoria de los parientes y vecinos que, años antes, habían muerto o sufrido terribles mutilaciones por heridas de metralla.
Hombres que durante el día trabajaban y por la noche cruzaban el río Moulouya y que, al amparo de la oscuridad, atacaban los campamentos de los soldados que venían de Francia para proteger la construcción de la carretera y del ferrocarril que comunicaba el norte con Argelia. Intereses ajenos que mermaban el movimiento de los rebaños y provocaban la ruina de las familias. Campesinos y pastores defendían su territorio, que una y otra vez les arrebataban. Campesinos y pastores, jóvenes, padres de familia; como las forzadas levas que enrolaban en España para matar y morir, aquéllos luchando por sus tierras, éstas por los intereses de otros.
Carreteras, ferrocarril, tendido eléctrico, pantanos, minas, crecimiento de los núcleos urbanos y tierras privatizadas configuran, entre otras cosas, la modernidad. De eso no se libraron. En los mapas son líneas y dibujitos que se superponen a los de los ríos y al relieve natural creando un paisaje más complejo y variado. Pero ese nuevo panorama no se hace sin sacrificios tremendos y pingües beneficios, beneficios para unos pocos y sacrificios para una amplia parte de la sociedad que tarda mucho tiempo en lograr algún provecho con los cambios.
La tarde ha sido magnífica, serena, resplandeciente y, aun prescindiendo de la infinidad de objetos curiosos que he hallado al paso, esta cabalgata sería una de las más deliciosas que he hecho en toda mi vida, por la amenidad y belleza del terreno que he atravesado. Los objetos que digo eran en su mayor parte despojos marroquíes de la Acción de ayer: espuelas, bolsas de municiones, caballos muertos, monturas, cadáveres, ropas ensangrentadas, y algunas armas de escaso mérito. Por todas partes y en todas direcciones se veían huellas recientes de la ancha babucha moruna y de caballos, bueyes, camellos y cabras. La aparición de nuestra escuadra había ahuyentado de allí hombres y rebaños. Todo había huido de nosotros… menos la tierra, sombría y muda como el espanto de la derrota [Pedro Antonio de Alarcón, Diario de un testigo de la guerra de África, 1880].
“Sí, son fieros, pero sangran. Se esconden, pero no detrás de un cañón. Conocen un terreno que los aviones descubren. Son fuertes, pero el hambre y la metralla lo serán más”. Con estas palabras les arengaba el capitán francés o el español.
¡Ah! ¡Ciertamente la guerra tiene una poesía que sobrepuja en ciertos momentos a todas las inspiraciones del arte y de la naturaleza! [Pedro Antonio de Alarcón, op. cit.].
Años después…
Al conocer la noticia, se quitó el pañuelo de la cabeza y se tiró fuerte, muy fuerte, del pelo, hasta que paró su llanto.
Los hombres acudieron a la casa. Querían escuchar la noticia que traía un vecino que había llegado la noche anterior de un pueblo cercano donde había realizado unas transacciones de ganado. Les contó que desde el zoco se oía la celebración de una fiesta cuando, de pronto, la música y los cantos se tornaron en gritos y llantos: una patera había naufragado ahogándose todos los que iban en ella. Veinte del pueblo, veinte.
—————————
Le recuerdan de niño jugando por las calles del pueblo de algún que otro verano. Eran momentos de bonanza que ya habían pasado. No se menciona su nombre y son más bien las mujeres las que hablan de él; los hombres lo hacen en voz baja, la de la prudencia, aunque algunos solamente lo refieren para aparecer en una historia que les lleva una y otra vez a la retahíla de los días al sol del verano de su infancia. Entonces sonriente, hoy destripado.
El retorno no es posible para los jóvenes crecidos en un tiempo rápido y multiplicado, lleno de lo que podría y no es. ¡Un vacío donde caben tantas cosas! Esa franja de separación que no siempre podemos disimular pero que siluetea.
—————————
Cuanto más largo es el plazo, más esperanza. Pero no es así, en absoluto. El tiempo lo que hace es acrecentar los problemas. El estancamiento y la quietud no son para vivos que resbalan por las laderas del disimulo y el ocultamiento.
No podían poner distancia. Conocían a la madre. Estaban demasiado cerca: eran ellos mismos. La pregunta se cernía sobre esa mujer con la que habían coincidido algunas veces en la consulta del médico y con la que intercambiaron alguna palabra incluso de los hijos. Para ella las cosas también habían ido a peor. Se le había helado el corazón. Manifestar sus sentimientos duró tan poco que no se percataron de que nada era ni nada ya sería lo mismo. ¿Tuvo algo que ver lo que había esperado con lo que ocurrió?
¿De qué jardines hablaban? Así que ése era el viaje que comentaban, la razón por la que habían desaparecido de sus horizontes los ríos rápidos del deshielo en los que se bañaban cuando pequeños y el anhelo de abuelos, padres y niños crecidos en verano corriendo por las escarpadas montañas de cedros centenarios. De todo eso ya nada se decía y, lo que era más desalentador, ya no se deseaba. Ahora se soñaba con peligrosos desiertos. Ser parte de la destrucción, apurar la esperanza cuando ya no hay ninguna; de eso habla la muerte.
Matar y morir, qué fáciles y usuales ambos verbos. Pensaba en su hija, no en su nieto, en el dolor que éste le había infligido. Primero la droga que aturdió a tantos, después la noche y las luces de colores y, por último, las palabras sibilinas que les susurraban al oído. Uno de ellos fue reconocido por un trozo de dedo que mantenía una huella dactilar. Recordó a aquel niño que cayó por una pared del Bou Nacer y que rodó golpeándose contra las rocas hasta desmembrarse, y cómo el eco lo mantuvo vivo más allá de la muerte.
En busca del futuro
Ser algo en la vida
Bromeando, mi abuela dice: “Dios no tiene tiempo para ti, está ocupado. Haz el bien y aprovecha” [Salim Bayri, 2016].
ENTREVISTAS REALIZADAS EN FEZ EN 2010
Souad
Soy S.b.H. Tengo 22 años. Soy alumna de lengua española en la facultad de Fez y, al mismo tiempo, jugadora de baloncesto. Me gusta todo lo que tiene relación con el deporte y el teatro. Mi ciudad natal es Errachidia: soy una chica del desierto, en mi origen y en mis principios. Deje Errachidia y me establecí en Fez para terminar mis estudios, para ser una chica culta, para ganarme la vida y contar conmigo misma y para no ser una carga ni sobre mi familia ni sobre la sociedad, aunque es muy difícil vivir lejos de la familia con una beca con la que solamente me puedo comprar un libro. Dejé Errachidia y el desierto para no ser como mi abuela y mi madre, que pasan su vida tejiendo. Eso no significa que no me gusten los tejidos. Sin embargo ahora todo está en el mercado. ¿Para qué voy a tejer? Lo que falta es dinero y para eso no voy a tejer como mi abuela.
Ayyûb Ait Oumagha
Tengo cuatro hermanos: uno en Casablanca trabajando en una empresa, otro está en España, mi hermana está en bachillerato y el menor está en el colegio. Quiero estudiar español para tener un futuro muy bueno, no como mis padres. Quiero estudiar español para ser profesora. Mis padres ya no quieren ser tejedores. Ser algo en la vida y no ser una carga para mis padres.
Nawal Arfi
Espero que entiendas mis palabras. Mi madre y mi abuela hacen alfombras; es algo dentro de su cultura que tienen que conservar. También las venden y ganan dinero para vivir. No pueden dejarlo, es algo muy importante. En mi casa hay alfombras antiguas. Soy huérfana de padre; solamente tengo a mi madre, que gana muy poco con las alfombras. Estudio en Fez en una residencia con una beca pero es difícil estudiar porque no me llega. Pero, a pesar de la dificultad, intento seguir para conseguir el futuro y obtener la licenciatura en Biología.
¿Conserváis los antiguos?
ENTREVISTAS REALIZADAS EN ALICANTE EN 2012
Amal El Mouloudia
Son los hombres los que sacan los tejidos de casa, para llevarlos al mercado. Unos tejidos son para vender y otros para la casa. Hay gente, poca, que sólo hace para su casa, porque no tienen tanta fuerza para hacer más. Lo que se hereda no se vende.
Lo que se hereda se conserva en la casa. Sólo que vendimos todo. Vienen a buscarlos hasta las casas directamente. Les gusta lo antiguo. Gente de la península arábiga.
En Marruecos los clientes vienen y nos enseñan una foto y trabajamos según el pedido. Tenemos que vender para poder comprar más material y seguir produciendo. No nos quedamos con lo que hacemos. Depende del pedido. Hay gente que trabaja para exportar, para Rabat, Casablanca, pero en España, incluso si traes el material, a quién vamos a vender. Aquí necesitarías pagar el seguro. Si tienes trabajadoras tienes que gastar dinero y ¿cómo encontraríamos compradores?
La mujer quiere llenar su tiempo. En vez de estar delante de la tele… hace algo.
En busca de una vida y un futuro dignos
Por su parte, mi hermana Fátima, sin haber cumplido siquiera catorce años, comenzó a prestar servicios como “criada” en la casa de una familia acomodada, donde debía hacerse cargo de todas las tareas propias del hogar y del cuidado de seis niños, con una jornada laboral de trece horas o más, disfrutando de un día de permiso a la semana, y por el mísero salario de 300 dirhams [aproximadamente 30 euros]. Con quince años sus manos estaban agrietadas y llenas de llagas.
Otra de mis hermanas, Ikran, a la edad de dieciséis años, se colocó en una empresa de capital extranjero dedicada a la industria textil; en estas fábricas se contrataba preferiblemente a mujeres, ya que sabían que, dada su actitud sumisa, no iban a plantear ningún tipo de conflicto a los empresarios, quienes se aprovechaban asimismo del alto porcentaje de demanda existente para explotarlas, haciéndolas trabajar más de doce horas diarias por un salario de 650 dirhams [65 euros]; y todo ello con la anuencia de los altos cargos de la administración, corruptos la mayoría de ellos, que protegían a los empleadores a cambio de obtener una serie de considerables beneficios.
[…]
El mar se iba volviendo cada vez más peligroso, se agitaba progresivamente, la barca se hundía y volvía a emerger entre las olas, el pánico crecía, se oían rezos, lamentos y gritos, incluso el raïs estaba asustado, pero habíamos recorrido más de la mitad del camino y “la suerte estaba echada”, es decir, el mismo peligro corríamos continuando que regresando [Mohamed El Gheryb, en Ofrim suplementos, núm. 8 (Historias de vida e inmigración), 2001].
—————————
¡Oh lejano esposo mío, emigrante!
Dos años han pasado ya
desde tu triste marcha a Francia,
en busca de trabajo,
en busca de dinero
Dos años ya…
El pan en nuestro país es algo imposible.
El pan es un drama continuo.
¡Oh, lejano esposo mío, emigrante!
Y yo aquí:
Royéndome los deseos
lamiéndome la escarcha.
Se me estrechan los horizontes.
Dos años sin tu cariño,
sin sentir tus abrazos,
sin tu lluvia de besos.
Súbitamente te ausentas
entre minas de hierro y plomo,
para hacer un bello porvenir
para los demás…
Estás asesinando
lo mejor de tu preciosa juventud
antes de tiempo.
Me mandas bolsas de ansia y nostalgia,
de escalofríos más feos
que el frío de las tumbas.
[Ahmed Hanawi, “Poemas crucificados: de versos para la buena gente”, en Literatura y pensamiento marroquíes contemporáneos, Madrid, Instituto Hispano-Árabe de Cultura, 1981.]
—————————
En palabras de Zienab Abdelgany [“Passing the Baton” (Pasando la batuta), 2012]:
Que solitario sería morir entre extraños en un país que no es el mío.
No quiero morir en una tierra de extraños. Necesito conocerte.
Teresa Lanceta
Rosas Blancas (PDF)